Más allá de los aspectos evidentes de la situación de salud pública en escala planetaria, quise tomarme un espacio para pensar el efecto de este momento que estamos viviendo. Hay ciertamente una condición diferencial entre ser el primer ministro de un país con la salud garantizada como derecho y ser una mujer, migrante a pie, sin recursos, en un país empobrecido. Claramente la distancia es obvia, sin embargo el caso norteamericano no es una incognita, sino el ejemplo más paradigmatico de lo que nos tiene en una situación tan dolorosa frente al reporte diario de los contagios y los muertos.
Leyendo algunos pensadores legitimados por los medios, encontré ideas y preguntas que me retumban. Harari por ejemplo, se pregunta en ¿qué tipo de mundo habitamos? y mi respuesta cínica y automática es “en el capitalismo puro y duro”. El problema de haber visto la salud como un servicio comercializable y el bienestar como un bien explotable, nos puso en esta situación en todo caso. No todo el planeta está en condiciones de afrontar la crisis sanitaria porque no todos cuentan con los recursos y las estructuras socioeconómicas que privilegien el bienestar de todos sus habitantes y aunque escandalosa, la pregunta de Preciado es absolutamente legítima “¿cuáles son las vidas que estamos dispuestos a salvar?” porque es claro que el sistema viciado, tiene a sus predilectos.
Pero asumiendo que la fatalidad nos da un margen de acción (¿o revolución?), se empiezan a sentir aires de la creación de una nueva posibilidad de existencia. Me gusta pensar que es la reafirmación o la expansión de una fuerza conocida. El efecto superficial de la pandemia es la fragilidad y vulnerabilidad compartida por todos los individuos de la especie humana, esto es sin lugar a dudas, el primer germen de un sentimiento colectivo que podría cumplir la fantasía de Butler de lo que llamó una igualdad radical. Sin embargo, no me siento tan optimista y me inclino más por una cooperación mundial, al estilo de Zizek, aunque con demasiados reparos. Porque ciertamente los individuos en este sistema hemos sido despojados y precarizados al extremo, y la gestión biopolítica de nosotros mismos están atravesadas de tantas cadenas invisibles que en este silencio suenan con más fuerza. Empeñamos el futuro por una aparente estabilidad que acaba de esfumarse y la incertidumbre no es ahora un mero estado mental (que precede a la angustia).
Han por ejemplo, cree que “es soberano quien dispone de datos” pero olvida quién es y dónde está. La soberanía no es, y no puede ser, una mera gestión de datos, sin tomar en cuenta las condiciones materiales de las personas. Entiendo que su psicopolítica mira de frente a problemas que ya tenemos, como el bigdata, pero la cantidad de individuos que habitan este planeta sin siquiera tener luz eléctria, es demasiado amplia como para ignorarlos de un solo tajo.
Si este momento histórico y estas condiciones pudieran gestar un solo cambio estructural, me quisiera sumar al imaginario de Preciado, donde se plantea una “nueva comprensión de comunidad con todos los seres vivos”. Es evidente que no estamos solos, y debería resultarnos evidente, después de todo, que no nos mantemos vivos a punta de voluntad individual.
I’ve been thinking about this and you’ve just placed the proper words.
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